Cascada Las Gemelas y Estrecho de Cajones

Cascada Las Gemelas y Estrecho de Cajones

Cascada Las Gemelas y Estrecho de Cajones

En las montañas de Jamundí aguarda la Cascada Las Gemelas, un salto de agua doble que forma piscinas naturales de color esmeralda. A poca distancia, el río Claro se encañona en el Estrecho de Cajones, entre paredes de roca gigantes. Juntos ofrecen una experiencia de senderismo, chapuzones y paisajes que quitan el aliento.

La geografía jamundeña, bañada por ríos que descienden del Parque Nacional Farallones, regala escenarios naturales perfectos para el ecoturismo y la aventura. Uno de los preferidos por los exploradores es la Cascada Las Gemelas, ubicada en la vereda Cascarillal (corregimiento San Antonio).

Tras una caminata de nivel intermedio entre selva subandina y cultivos, el visitante es recompensado con la vista de dos caídas de agua paralelas —de unos 12 metros de altura— que caen sobre una piscina natural rodeada de rocas pulidas.

En época de lluvias, ambas “gemelas” fluyen con fuerza, duplicando su belleza y llenando el ambiente de bruma fresca. Aquí se puede nadar en charcos de aguas cristalinas, tomar el sol sobre las piedras y sentir la brisa de la cascada en el rostro.

Pero la aventura no termina allí. Río abajo, espera el Charco Cajones, conocido como El Estrecho de Cajones. Para llegar, se desciende cuidadosamente entre la vegetación hasta encontrarse dentro de un cañón estrecho donde el río Claro ha tallado su propio camino. De repente, el senderista se ve flanqueado por paredones de roca cubiertos de musgo y selva.

El río corre encajonado, formando pozas profundas y pequeñas cascadas. Es un lugar tan escondido que uno se siente en otro mundo: un santuario natural casi secreto. Los más aventureros practican saltos desde las rocas o barranquismo, aprovechando las formaciones naturales.

La experiencia de recorrer Las Gemelas y Cajones en un mismo circuito es retadora pero gratificante. Se inicia con la panorámica de la cascada doble, continúa con la adrenalina de internarse en el cañón y culmina con un refrescante baño.

Al regresar, cansados pero maravillados, los visitantes suelen decir que estas montañas guardan algunas de las mejores historias de naturaleza en Jamundí, listas para ser vividas por quien busque un encuentro íntimo con el agua y la roca.

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Petroglifos ancestrales en Jamundí

Petroglifos ancestrales en Jamundí

Petroglifos ancestrales en Jamundí

Oculto entre la espesa vegetación de Jamundí yace el Charco del Duende, un remanso natural rodeado de antiguos petroglifos prehispánicos. Este lugar místico conecta al visitante con las huellas de los primeros habitantes, los Xamundíes, quienes plasmaron en piedra su mundo mágico y religioso.

Para quienes buscan una experiencia que combine naturaleza e historia, el Charco del Duende es un destino único. Ubicado en un bosque húmedo en la vereda Faltriqueras (corregimiento San Vicente), este charco de aguas cristalinas no solo invita a un chapuzón refrescante, sino también a un viaje en el tiempo.

En las rocas que lo rodean se encuentran los “petroglifos del génesis”, considerados entre los más importantes de Latinoamérica. Tallados por antiguas comunidades indígenas del Valle —los Xamundíes—, estos grabados rupestres muestran espirales, figuras humanas y símbolos solares que podrían tener más de 800 años de antigüedad, evidenciando la presencia humana en Jamundí desde el siglo XII.

Visitar el Charco del Duende es adentrarse en un relato místico. La leyenda local cuenta que su nombre se debe a que, en tiempos antiguos, los niños que se alejaban jugando en el monte “desaparecían” por un rato atraídos por un duende travieso, alimentando el imaginario mágico del lugar.

Entre el sonido del río y la sombra de los árboles centenarios, uno puede tocar las piedras grabadas y sentir la conexión con esos antepasados que dejaron allí trazos de su cosmovisión. Guías locales relatan las historias detrás de cada símbolo, mientras enseñan al visitante a respetar y conservar este patrimonio arqueológico que ha resistido siglos de erosión y humedad.

Sin duda, el Charco del Duende ofrece una buena historia por vivir: la de descubrir mensajes ancestrales ocultos en la selva jamundeña.

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Parque del Cholado de Jamundí

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En el centro de Jamundí se encuentra el Parque del Cholado, cuna del famoso postre valluno. Colorido y lleno de sabor, este parque reúne a decenas de “choladeros” que endulzan las tardes dominicales con el tradicional cholado jamundeño.

El tradicional cholado jamundeño: hielo raspado con abundantes frutas tropicales, sirope y leche condensada, un imperdible sabor de Jamundí.

Jamundí es la cuna del cholado, ese refrescante raspado de hielo con frutas y sirope multicolor que muchos asocian con el Valle del Cauca.

El epicentro de esta tradición es el Parque Artesanal del Cholado, ubicado diagonal a la antigua Casa de la Cultura, en pleno casco urbano. Allí, alrededor de 40 puestos operados por familias locales deleitan a visitantes de toda la región con sus creaciones llenas de color y sabor.

La historia cuenta que Héctor “Don Samuel” Bonilla, pionero del cholado, comenzó vendiendo un simple raspado de hielo con limón y miel —conocido entonces como “mata guayabo” por aliviar la resaca— y poco a poco lo transformó añadiendo frutas tropicales.

Hoy, un cholado jamundeño puede llevar hasta 18 tipos de frutas (lulo, mango, maracuyá, piña, papaya, entre otras), además de leche condensada, helado o galleta, según la creatividad de cada vendedor.

El parque, recientemente renovado con una moderna cubierta colorida tipo colmena, ofrece mayor confort a los visitantes y se anima especialmente los fines de semana. Familias enteras hacen fila por un vaso rebosante de sabores, mientras los choladeros compiten con sonrisas y orgullo por ofrecer el mejor cholado.

Esta delicia, ícono gastronómico del municipio, ha impulsado la economía local: decenas de familias encuentran en ella su sustento, y hasta se ha creado la “Escuela del Choladerito” para enseñar a los más jóvenes el oficio y mantener viva la tradición.

Visitar Jamundí y no probar un cholado es perderse una buena historia dulce y colorida por vivir.

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Quinamayó: Fiesta de adoración al Niño Dios Negro

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Quinamayó: Fiesta de adoración al Niño Dios Negro

Cada febrero, la comunidad afro de Quinamayó celebra una Navidad en febrero en honor al Niño Dios Negro, transformando un pasado de opresión en una fiesta de alegría, música tradicional y devoción ancestral.

Participantes de Quinamayó celebran con baile y cantos la llegada del Niño Dios Negro, manteniendo viva una tradición de más de un siglo.

En el corregimiento de Quinamayó, al sur de Jamundí, la Navidad no se celebra en diciembre sino en febrero. Desde hace más de 130 años, la comunidad afrocolombiana conmemora el nacimiento del Niño Dios Negro como un acto de resistencia cultural y espiritual.

La tradición nació en la época de la esclavitud: los esclavos no podían festejar en diciembre, pues servían en las fiestas de sus amos. Por eso esperaron 40 días después de Navidad, coincidiendo con la fiesta de la Candelaria, para celebrar a su manera.

Durante la segunda semana de febrero, Quinamayó se llena de vida. Al son de jugas —música tradicional del Pacífico—, arrullos y alabaos, las matronas cantan y bailan sin dar la espalda a la figura del Niño Jesús afro. La fiesta comienza con cantos suaves para “mecer” al Niño Dios y continúa con bailes del bunde y la juga hasta el amanecer.

Decenas de visitantes de poblaciones vecinas —como Robles, Villa Paz y El Hormiguero— llegan para unirse a la celebración, que incluye torneos deportivos, comidas típicas y procesiones con antorchas.

Esta fiesta, declarada patrimonio cultural inmaterial en proceso de salvaguardia, representa la lucha y la libertad de un pueblo.
Una buena historia de resistencia convertida en celebración de fe y alegría.

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